enero 3, 2011 at 9:13 pm Deja un comentario
-¡Desterrado te declaro, y no vuelvas!- anunció el Rey.
Entonces el caballero vestido de rojo y plata se levantó y dio media vuelta. Subió a su caballo y partió. Demostró así que, entre servir a un traidor, y no ser más que una sombra en la tierra, prefería la segunda. Y al galope se fue, y al galope recordó…
¿Hace cuatro batallas, o cinco que derrotó al ejército del Rey Sancho? ¿Hace una victoria sobre los moros, o tres, que Alfonso murió? Luego, victoria en Torino, Florencia y Sevilla. Incluso, consigue la paz sarracena-española.
Hace dos barcos llenos de guerreros, Sancho se hizo rey de las Españas. Ya desde entonces, este caballero desconfía. A pesar de eso, es un siervo fiel: Sancho que lo manda al frente del ejército para verlo caer; él que regresa vencedor.
Una primavera atrás: regicidio en Portugal. Guerra civil. Oportunidad para Sancho. Nuevo servicio. Pero el hidalgo es un buen hombre y está cansado de las guerras. Toma el dolor, la guerra y la muerte, los divide por diplomacia y buenas palabras. El resultado: otra paz…
Allí donde los recuerdos se fundieron con los ruidos del galope, y no se puede saber quién es quién; dos flechas lo atravesaron: española por atrás; sarracena por delante.
Cayó, pero esta vez no habría guerra, porque Rodrigo no fue español, ni sarraceno, ni portugués. Fue -ni más ni menos- un hombre que murió, como cualquier persona española, sarracena, o portuguesa.
L. R.
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