enero 3, 2011 at 9:00 pm Deja un comentario
Si en el palacio de Cnosos cortaran el buen vino con gaseosa, Minos abdicaría al trono y Minotauro, adicto a la Coca Cola, despacharía vírgenes y guerreros en un maxikiosco.
Pero el alcohol deforma la historia.
El toro eleva su estatura, deforma su torso, acelera sus bramidos, y hasta habla palabras humanas. Es de dudosa procedencia.
Por eso nadie preguntó qué había bebido Teseo para tomar coraje.
El hijo pródigo de Egeo (de quien se sabe nunca traspasó el Ática, ni blandió espada ni hoplón) ignoró, hasta el final de sus tranquilos días de aristócrata, el destino mítico de su homónimo isleño.
Arqueólogos italianos hablan de un pastor borracho tratando de esquivar una insípida cabra.
Dichoso el inspirado filósofo que pudo ver, en la escena, una elevada estratagema: un audaz hombre enfrentando encabritado destino.
Una cabra no es una cabra si se ve un poco negra, se modifican las astas, se la despeina adecuadamente.
El espíritu mediterráneo del vino y la dicha compartida por generaciones de poetas encadenaron con desaciertos la fábula y la leyenda.
En fin, una senda de tierra recta y monótona para el buen ebrio cretense ha de ser todo un laberinto.
La cultura minoica pereció feliz bajo la influencia de la vid.
M. G.
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